El mapa del poder mundial que trajo 2010

29 12 2010

La nueva versión de Obama que nos ha proporcionado este 2010 es la otra cara de este nuevo paisaje del poder planetario. El político que encandiló al mundo en 2008 con su campaña electoral y su fulgurante victoria presidencial ha alcanzado el meridiano de su mandato en noviembre de 2010 en las peores condiciones. La debilidad interna de Obama es el exacto correlato de su debilidad exterior y de la nueva debilidad de Estados Unidos en el mundo, que se ha incubado durante toda la década pero ha hecho su explosión en 2010. El liderazgo de Washington ha entrado definitivamente en crisis, después del desgraciado canto del cisne de la presidencia de Bush con las guerras de Irak y Afganistán.

La medida de las dificultades y de la voluntad de Barack Obama la dio su reforma del sistema de salud, elemento central de su programa presidencial que debería proporcionar cobertura sanitaria a los 32 millones de norteamericanos que ahora carecen de ella. Se aprobó en marzo, con más de medio año de retraso y a costa de echar mucha agua al vino, cuando Obama todavía contaba con mayorías demócratas en el congreso. Pero el Partido Republicano quiere aprovechar su victoria legislativa en las elecciones de mitad de mandato del pasado noviembre, que deja solo a Obama frente a un Congreso en manos de la oposición, para evitar que la reforma llegue a aplicarse.

La estrepitosa derrota demócrata en estas elecciones indica los escasos márgenes de acción que le quedan a Obama para las legislaciones que quería impulsar en inmigración, sistema escolar y cambio climático. Nadie le quiere ayudar desde las filas republicanas. Aunque consiguió aprobar la reforma financiera, pesa sobre su presidencia la debilidad de la economía, que todavía no crea puestos de trabajo, al final la única baza vencedora que puede exhibir un político en tiempos de crisis. En tan malas condiciones, la herencia de Bush ha vuelto a resurgir cuando apenas se cumplen dos años de su partida. Estados Unidos ha sacado este año sus tropas de combate de Irak, pero sigue enzarzado en Afganistán a pesar de la fecha de partida en 2014 marcada por el presidente. Guantánamo sigue abierto. Nada ha conseguido mover en Oriente Próximo. Peligra el frágil acuerdo de desarme nuclear con Rusia. Y son numerosos quienes no tienen recato en desafiar a Washington: estrechos aliados como Israel, enemigos como Corea del Norte e Irán o amigos como Brasil y Turquía, o incluso un poder no estatal como Wikileaks, con sus filtraciones militares y diplomáticas.

No nos van mejor las cosas a los europeos. No tenemos el Tea Party, ese movimiento populista que enciende los instintos conservadores y religiosos de la América profunda, contra los impuestos, contra la intervención del Gobierno y contra los inmigrantes. Pero tenemos cosas similares e incluso peores. El mayor síntoma del declive occidental, manifestado en forma de angustia política, lo proporciona esta ebullición de partidos xenófobos que triunfan en las urnas, condicionan gobiernos y marcan sus agendas políticas con el espantajo de la inmigración islámica, convertida en amenaza existencial para la identidad europea y en competencia desleal para sus trabajadores.

El poder está también cambiando de forma en Europa, donde la obligada reforma del Estado del bienestar y los recortes drásticos impuestos por la crisis está destrozando lo que queda de la socialdemocracia. Las huelgas y disturbios sociales y estudiantiles que han empezado este año en todo el continente parecen sólo el preámbulo de lo que sucederá cuando la poda social sea todavía más dura. Fácilmente la crisis de las deudas soberanas y del euro desembocará en crisis sociales y luego políticas.

Estas chispas saltan precisamente en el año en que la Unión Europea iba a sentirse ya cómoda con sus recién estrenadas nuevas reglas de juego. Este ha sido el primer año del Tratado de Lisboa, que entró en vigor en diciembre de 2009, tras una laboriosa gestación y enormes dificultades y retrasos para su aprobación, casi una década entera. Hay tratado para muchos años, quizás décadas, sin nuevas y tediosas reformas como las que hemos tenido en los últimos 20 años, se decían muchos dirigentes europeos. Pero el estreno no podía llegar en momento más aciago, en plenas dificultades para la moneda única europea, que ponen en evidencia la modestia del Tratado en cuanto a coordinación de política económica y monetaria.

El euro, que entró en circulación en enero de 2001 y ahora va a cumplir diez años, atravesó felizmente la década entera sin problemas hasta tropezar con esta crisis económica y financiera. Su vida tranquila y la incapacidad de los socios europeos para reformar sus tratados durante la primera década del siglo son probablemente el haz y el envés de la misma debilidad europea. Ahora el pánico por el euro se junta al cansancio reformador, dificultando de nuevo la resolución de una crisis que exigirá cambiar los tratados para dar a Europa el gobierno económico y la coordinación de políticas fiscales y presupuestarias imprescindibles para que la unión monetaria no se vaya a pique.

Único consuelo: bordeando el abismo y con un euroescepticismo rampante incluso en los países hasta ahora más europeístas, en este año de crisis y de pesimismo europeo ya se han hecho muchos más pasos hacia la gobernanza económica y monetaria europea que en los diez años de vida plácida de la moneda única. Por obligación, claro está, no por gusto ni por vocación europeísta. Si esta crisis no nos mata, puede incluso engordarnos. Pero habrá que saber aprovecharla. China, que lo sabe, es quien de verdad lo está haciendo.


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