Análisis: ¿Y si muriera Bin Laden?

16 10 2006

Tomado de EL COMERCIO 

Por Farid Kahhat*

Cuando leyó sobre su prematuro deceso en la necrología aparecida en un diario, el escritor Mark Twain envió una lacónica carta en la que respondía lo siguiente: “Las noticias sobre mi muerte son un poco exageradas”. Aunque no sea digno de citar a Twain, tal vez Osama Bin Laden lo parafraseara al enterarse de su enésimo deceso mediático, desde que a fines del 2001 algunos medios lo mataran por primera vez en las montañas de Tora Bora. Como se recordará, hace pocas semanas un diario francés atribuyó a un informe de inteligencia saudí la buena nueva de que Bin Laden habría muerto (una vez más). Pero los desmentidos sucesivos de los servicios de inteligencia saudí, francés, pakistaní y estadounidense no se hicieron esperar.

Eso no significa que no haya razones para pensar que algo se pudre en Dinamarca, o al menos en el organismo de Bin Laden (dado que, presuntamente, habría muerto de tifus). Por ejemplo, a diferencia de años anteriores, en lo que va del 2006 no se ha propalado ningún video suyo. Han aparecido en cambio varios de su lugarteniente, Ayman al Zawahiri.

Especulaciones al margen, ¿cuán relevante sería en este momento la muerte de Bin Laden? Probablemente poco. La respuesta debería diferenciar entre su influencia en la zona de Afganistán colindante con Pakistán (en donde se refugiaría) y su posible influencia en el resto del mundo. En lo que respecta a la primera región, las cosas no habían ido mejor para los intereses de Bin Laden desde la invasión de Afganistán en octubre del 2001. Según cifras oficiales, Estados Unidos perdió 99 soldados en ese país durante el 2005, cifra que casi duplica las 52 bajas sufridas durante el 2004. En parte por ello este año soldados de otros estados miembros de la OTAN se han desplazado hacia el sur del país, para apoyar a las tropas estadounidenses en misiones de combate. Lo cual no ha impedido que las proyecciones de bajas estadounidenses para el 2006 sean superiores a las del 2005, mientras que las bajas de los aliados estadounidenses se incrementaron de 31 el 2005 a 84 hacia fines de setiembre pasado. Ello se debe en buena medida al crecimiento exponencial de los atentados suicidas, que hasta el momento de escribir estas líneas sumaban 78 durante el presente año (es decir, un número mayor que en toda la historia previa de Afganistán, según Steth Jones de la Corporación Rand).

En cuanto al lado pakistaní de la frontera, la denominada Guerra de Waziristán llegó a su fin el 5 de setiembre pasado. Esta fue librada ente el 2004 y el 2006 por tropas gubernamentales contra algunas tribus pashtún, presumiblemente aliadas con Al Qaeda. Aunque no existe un recuento oficial, según algunas fuentes el ejército pakistaní habría sufrido aproximadamente un millar de bajas en el proceso. Por ello, el Gobierno de Pakistán suscribió un acuerdo de paz con los líderes tribales, mediante el cual se compromete a retirar el íntegro de sus tropas de dicha región (para preocupación del Gobierno de Estados Unidos, que tiende a interpretar esa decisión como una claudicación).

Pero el incremento de la violencia en Afganistán puede rastrearse hasta el resurgimiento del movimiento Talibán. Y la resistencia a las tropas gubernamentales en Pakistán fue en lo esencial obra de quienes, al menos formalmente, son ciudadanos de ese país. Es decir, los “extranjeros” asociados con Al Qaeda no han sido ni por asomo el contingente medular en alguno de esos frentes.

En lo que concierne al resto del mundo, la causa del islamismo militante va viento en popa. Al menos eso es lo que se desprende de dos informes recientes sobre el terrorismo de alcance global.

El primero es obra del conjunto de agencias oficiales de inteligencia de EE.UU. (16 en total). Según las partes que han sido desclasificadas, la guerra en Iraq contribuyó a forjar una nueva generación de islamistas militantes que, a su vez, explica la conclusión central del estudio: la amenaza terrorista en el ámbito mundial se ha incrementado desde el 11 de setiembre del 2001. El segundo es el reporte de una comisión de expertos formada por encargo del Consejo de Seguridad de la ONU. Según este, la guerra en Iraq ha contribuido a “profundizar los sentimientos antiestadounidenses en el mundo árabe”, y convirtió a ese país en un “excelente campo de entrenamiento” para la nueva generación de islamistas militantes antes mencionada.

Ambos estudios coinciden, además, en que los grupos islamistas militantes carecen de una organización piramidal con una jerarquía centralizada, y están organizados como una red cuyos nodos colaboran en la planeación y ejecución de atentados, para luego recobrar su autonomía. En otras palabras, el monstruo al que enfrentan no es un licántropo solitario al que podrían ultimar con una bala de plata (o un hombre barbado al que podrían reducir a cenizas con una bomba de seis toneladas, como intentó EE. UU. en Tora Bora). Es más bien un enjambre desprovisto de reina y de colmena, que se nutre de los errores de sus rivales (como el de iniciar en Iraq una guerra que, además de contraproducente, era perfectamente prescindible.

(*) CATEDRÁTICO DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ.


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