UN NUEVO MUNDO

12 09 2006

Occidente perdió  su inocencia tras el 11 de septiembre cuando el terrorismo internacional se volvió parte de la vida cotidiana en New York, Londres, Madrid , Amman o Bali. Ahora, el fenómeno es parte de nuestra historia reciente

ante la cual no tenemos respuestas satisfactorias la primera es. ¿Se vale todo para vencer al terrorismo? Por otro lado, el legitimo miedo no nos está haciendo declinar en los valores por los que tanto hemos luchado, la respuesta no es fácil en estos tiempos, pero es válido comenzar ha hacerlas como acertadamente lo hace nuestro invitado de hoy David Bayón.

Seguramente muchos no estarán de acuerdo con su opinión, sin embargo, porque no propiciar la discusión, que para eso vivimos en democracia.                     LIBERTAD VERSUS SEGURIDAD. Por David Bayón

El 11-S fue un ataque a todo lo que representa Occidente. Más allá de los efectos directos y obvios, este atentado, igual que los de Madrid y Londres, tiene consecuencias más profundas y difíciles de detectar para nuestras democracias. A la hora de hacer frente a la amenaza del terrorismo internacional, las sociedades libres se encuentran frente al dilema de si es legítimo coartar las libertades en aras de la seguridad. Inglaterra y EEUU ya se enfrentan a esta cuestión.

Michael Ignatieff, politólogo y director del Centro Carr de la Universidad de Harvard, aborda este tema en su libro, El Mal Menor. El título es una clara referencia al dicho de si el fin justifica los medios. Según él, las democracias son igual de implacables que los sistemas autoritarios a la hora de defenderse, pero, cada vez que una democracia se ha enfrentado al terrorismo, lo primero que ha ocurrido ha sido que el poder ejecutivo se ha reforzado a costa del legislativo y el judicial. Su receta frente al terrorismo es más democracia, y escribe: “En democracia, las medidas antiterroristas deben someterse al juicio del Parlamento, los tribunales y la libre opinión pública.”

Pero la respuesta puede resultar compleja. Abu Graib y Guantánamo nos han escandalizado a todos. Es cierto lo que dice Ignatieff de que hay cosas que un gobierno no debe hacer a otros seres humanos. Pero también es cierto lo que dice respecto a que hay un precio que se paga. En un futuro próximo, cuando atentados terroristas con armas nucleares o bombas sucias no sean hipotéticos, como ha afirmado recientemente el secretario de NNUU, ¿resistirán las democracias la tentación de recurrir a la tortura con la intención de salvar vidas?

Es conocido el caso de un inspector alemán que torturó al secuestrador de una niña que se negaba a revelar donde la tenía recluida. Esta acción salvó la vida de la secuestrada. La opinión pública se dividió. ¿Qué derechos humanos debían primar, los de la secuestrada, que de no ser rescatada podría morir, o los del criminal?, ¿es legítimo violar la legalidad para salvar vidas? En mi opinión, las sociedades democráticas se van a enfrentar a este dilema cada vez con mayor frecuencia, y la respuesta no será fácil.

En su libro sobre política internacional, El retorno de la antigüedad, Robert D. Kaplan escribe: “Nuestras respuestas a los desmanes de estos guerreros (los terroristas) son inconcebibles sin el elemento sorpresa, convirtiendo la consulta democrática en algo secundario”. Y prevé que ir a la guerra será una decisión cada vez menos democrática. Es la esencia de las actuaciones preventivas.

Este autor contempla un futuro complicado. A raíz de un viaje a África escribía en 1994: “África Occidental se está convirtiendo en el símbolo del estrés demográfico, medioambiental y social mundial, en el cual la anarquía criminal se revela como el auténtico peligro estratégico.

Pandemias, sobrepoblación, escasez de recursos, refugiados, la creciente erosión del poder de los Estados y de las fronteras internacionales, y el auge de ejércitos privados, empresas de seguridad, y los carteles internacionales de la droga, se ven claramente demostrados a través de esta región.”

Partiendo de la base de que los dirigentes políticos tratarán de defender a sus ciudadanos, y de que los terroristas se aprovechan de los valores morales de los regímenes democráticos para atacarlos, surge la pregunta de si una democracia puede permanecer incorrupta cuando emplea medidas no democráticas para defenderse.


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